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Hijos nuestrosLa confesión de ser homosexual genera traumas en los padres, familiares y amigos de quienes deciden ‘salir del clóset’. Pero un grupo de madres y padres de homosexuales se han unido para ayudar a personas que, como ellos, han pasado y pasan por este trance, apelando para tal fin al amor y la comprensión.

Por Nilton Torres Varillas
Isabel y María Cristina vivieron una tragedia en común. Un episodio que las hizo cuestionarse como madres, como mujeres, como seres humanos. ¿Cuál fue el ‘infortunio’ que compartieron? Pues que el hijo mayor de María Cristina, George, y la hija única de Isabel, Regina, les confesaron ser homosexuales.

La crispación y la desesperanza fueron los sentimientos iniciales. Se echaron la culpa, buscaron culpables a su alrededor. Quizá la falta de un padre –ambas son madres solteras–, se preguntaban, las malas juntas. Sin más ayuda que la que ellas mismas encontraban en algunos libros, y sus propias reflexiones, comprendieron que la homosexualidad no convertía a sus hijos en monstruos depravados, ni que era una enfermedad que podía contrarrestarse con alguna pastilla milagrosa. Pero a pesar de la confusión inicial, ellas no abandonaron nunca a George ni a Regina; por el contrario, los lazos afectivos se estrecharon y poco a poco supieron entender que aquella fatalidad, no era tal.

"Mi hijo no era un asesino o un delincuente, simplemente le gustaban los hombres como él", dice María Cristina, quien junto con Isabel forman parte de una agrupación que se está formando, y que busca ayudar a aquellos padres, madres y demás familiares que están atravesando aquella confusa situación, y sin saber qué hacer.

"Muchos reaccionan con violencia, rechazan a sus hijos e hijas, les quitan el habla, e inclusive llegan a botarlos de la casa, y eso jamás se debe hacer, ya que es en esa circunstancia en la que más nos necesitan", dice Isabel, quien no deja de tener presente que nuestra sociedad, por más tolerante y abierta que se precie de serlo, tiene con la homosexualidad un doble discurso, ya que la acepta –a regañadientes–, pero al menor descuido agita los brazos con ira e incomprensión.

¿QUÉ HICE MAL?
George tenía 17 años cuando le dijo a su madre que tenía algo que decirle. "Mamá, creo que soy bisexual", soltó a boca de jarro el muchacho, y María Cristina, recuerda, sintió que se le partía el alma.
"¿Ahora qué voy a hacer?, ¿querrá tener hijos?, me preguntaba. Pensé también que seguro era porque había crecido sin padre, y entonces me echaba la culpa por haberme separado", cuenta María Cristiana, quien a pesar del dolor que sentía, no sabe por qué solo atinó a decirle a su hijo que le tuviera aún más confianza, que siga con su vida como hasta ese momento, y que él siempre la iba a tener para lo que le hiciera falta.

Pero el temor que permaneció latente en María Cristina se refería a cómo el resto iba a tratar a su hijo, ya que hace veinte años, cuando esto pasó, se hablaba en voz baja del asunto.

"Yo tenía miedo porque pensaba que los demás no lo iban a aceptar. Yo había visto a muchachos que eran gays hacer laberinto y medio, comportarse de manera exagerada, y pensaba que George podía ser así, y entonces lo iban a discriminar, pero felizmente me equivoqué. La familia se enteró por él mismo, y aunque a algunos les costó más que a otros, con su comportamiento George ha demostrado que ser homosexual no lo hace
menos que nadie, simplemente es diferente", dice María Cristina.

En el caso de Isabel, su hija Regina tenía quince años cuando le contó a su madre que a ella le gustaban las chicas.
"Cuando me pidió conversar de algo muy importante, pensé que Regina estaba tomando drogas o que podía estar embarazada, pero cuando me dijo que le gustaban las mujeres y se echó a llorar, yo lloré con ella y lo único que atiné a decirle es que no era la primera ni la última chica a la que le pasaba eso, y que no se preocupara".

Claro que cuando Isabel se quedó sola, cuenta, también empezó a buscar una explicación a lo que le ocurría a Regina, pensando que ella habría hecho algo malo cuando estaba embarazada, o que quizá era su culpa al no corregir a su hija cuando, de niña, mostraba predilección por los camiones antes que por las muñecas, o cuando se escondía de aquel muchachito imberbe que, enamorado, la buscaba, y ella nada que ver.
"Revisando uno de sus cuadernos, encontré que mi hija había escrito que le gustaba una chica del colegio. Me chocó, pero preferí no darle importancia", cuenta Isabel.

Ahora Regina tiene 26 años, y una maravillosa relación con su madre. Conversan abiertamente, y aunque siempre le pregunta si ya tiene pareja, la muchacha le dice que aún no ya que, por ahora, solo piensa en terminar la universidad. George, por su parte, tiene 37 años, una pareja estable que cuenta con la aprobación de María Cristina y es un profesional destacado.

EL MUNDO NO SE ACABA
María Cristina dice que el mundo no se acaba si tienes un hijo gay o una hija lesbiana, y que más bien empieza un reto para un padre, ya que le toca no solo apoyar a su hijo, sino acompañarlo a hacerle frente a la intolerancia.

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"El mayor miedo que tenía era que se tope con algún homófobo y este lo maltrate por ser homosexual. Felizmente nunca le pasó nada", dice María Cristina. Isabel también tenía la misma angustia, pero felizmente tampoco Regina ha tenido que pasar por un trance similar. "No se trata de que nuestros hijos vayan por la calle con un cartel que diga ‘soy homosexual’, sino que vivan con libertad", dice Isabel.

Y es en ese ambiente de cariño y soporte en el que se gesta la asociación denominada "Familiares TLGB", agrupación que pretende congregar a familiares y amistades de personas trans, lesbianas, gays y bisexuales, para que compartan sus experiencias, expíen sus demonios y aprendan a vivir en un entorno inclusivo de dignidad y respeto. Un grupo que tiene de modelo a la PFLAG (Parents families and friends of lesbians and gays), asociación norteamericana que desde hace algunos años desarrolla campañas como la del 2007, que incluyó a famosos como Cindy Lauper, Ben Affleck y Cristina Saralegui, quienes son familiares de homosexuales y que se reunieron bajo el lema "Stay close" (Quédate cerca). "Cuando una persona se entera de que un ser querido es homosexual, surgen muchas interrogantes.

Se piensa que un homosexual es un depravado, y no es así. Hay una gran necesidad de luchar contra los prejuicios, pero sobre todo inculcar a las familias que el afecto y el amor es lo más importante ", dice Alejandro Merino, uno de los voceros de la incipiente organización.

"Una vez le pregunté a mi hija si era feliz y ella me dijo que sí. Eso bastó para mí", dice Isabel. Una afirmación que concentra lo que en verdad importa: la felicidad de una persona que no tiene que ser estigmatizada por nada ni por nadie.

"NO HAY NADA QUE CURAR"
"Hubiera preferido un hijo mongolito antes que uno maricón", dice el personaje de Hernán Romero (en la cinta de Francisco Lombardi "No se lo digas a nadie") cuando su hijo –en la ficción– le confiesa su homosexualidad. Rabia y desprecio que, según el experto psicoanalista Mariano Querol, sienten los padres de homosexuales debido al choque cultural, antes que emocional, que una revelación de este tipo conlleva. "Muchos padres y madres han sido educados dentro de una norma absurda en cuanto al género y la sexualidad. El macho debe ser bien macho, y la mujer muy femenina, delicada, y cuando esto no ocurre es el fin del mundo. Y si a eso le sumamos conceptos religiosos fundamentalistas, sin importar la religión que se profese, se produce un cóctel espantoso que hunde a la gente", dice el psiquiatra.

"A mi consultorio han llegado muchos padres para que cure a sus hijos, y la homosexualidad no es un enfermedad, es simplemente tener una orientación sexual diferente. Más bien son los padres los que necesitan ayuda. El problema de la homosexualidad no está en el homosexual sino en la sociedad", dice Querol.

Llama la atención que sean las madres, las mujeres, las que mejor manejan una situación como esta, ya que normalmente el padre, el varón, se desentiende y prefiere ignorar que algo así ocurre en su familia. "Las madres son más aceptantes y los padres son represores porque es un atentado contra la virilidad. Para el padre es vergonzante, y utilizan el mecanismo de la negación: ‘no se habla, murió para mí’. En mi experiencia estos varones poco a poco se van suavizando, pero nunca del todo, por eso es que necesitan más ayuda", dice el especialista.

http://www.larepublica.com.pe/content/view/218590/

 
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